No nos quedamos quietos

sábado, 20 de junio de 2009

Que tuuuurrrrrbia que está la cosa!! (gracias, Cesar por el dato)


(extraído de la revista Debate)
Francisco de Narváez y los suyos tienen un plan. Claro que lo tienen. Un plan para el 28 de junio por la noche, en caso de perder las elecciones en la provincia de Buenos Aires. Un plan cuidadosamente elaborado y cuyas fases preliminares ya han sido implementadas con todo éxito: instalar la idea de que habrá fraude en las elecciones bonaerenses y que, si no fuera por eso, la Unión-PRO ganaría las elecciones. El plan culmina en una convocatoria dramática a un cacerolazo masivo, que por dimensión y relevancia tendría un efecto desestabilizador sobre la Presidencia (o sea, “destituyente”, como se lo define en el cerrado y pequeño léxico kirchnerista).
A los spots televisivos en los que jóvenes muy PRO claman por cuidar “nuestro” voto y reclaman por fiscales a una ciudadanía pasiva para evitar que los Otros, “nos roben” las elecciones, han seguido las versiones que mencionan la supuesta falta de cooperación de Eduardo Duhalde y su puñado de leales “paladares negros” para fiscalizar los comicios. Versiones que se ocupan, como al descuido, de señalar la posibilidad cierta de que Unión-PRO sea perjudicado por el fraude.
Inmediatamente, los trascendidos colmaron de alegría a muchos de los referentes kirchneristas, quienes se ocuparon de comentar la noticia ante periodistas y observadores. Con ingenuidad, el oficialismo se clavaba así (quién lo diría) todo el anzuelo de la trampa tendida por sus rivales políticos. Lo que quedaría como residuo en la opinión pública, de todo este cúmulo de versiones, no sería el dato político, completamente intrascendente para el ciudadano común de la “pelea” con Eduardo Duhalde, sino la “evidencia” tremenda de un fraude dado ya por consumado.
Digno colofón a “la más sucia de las campañas electorales de nuestra democracia”, como se la definió periodísticamente, título al que desde el oficialismo se ha contribuido -con su tosquedad acostumbrada- al adelantar unilateralmente las elecciones, al echar mano a las candidaturas testimoniales y al subirse a las denuncias judiciales contra De Nárvaez. Aunque hay que decir que la flaqueza judicial de la causa no eximía de una aclaración contundente de parte del empresario-diputado, que nunca llegó, especialmente para alguien que quiere ser un exponente de la prístina y pura nueva política.
Pero, ¿cómo se generaría la oleada de “indignación” ciudadana la noche de cierre de los comicios?, se le pregunta a nuestro confidente, quien contesta con suficiencia un tanto aburrida: Será todo muy sencillo. Un ataque a todo nivel. Por un lado, mensajes que saturen los celulares dando cuenta de actos ‘concretos’ de fraude; fotos y videos tomados por celulares ‘mostrando’ boletas tiradas en ‘cuartos oscuros’ armados; declaraciones de ‘ciudadanos’ contando sus problemas a la hora de sufragar. Y que también convocan a la protesta y al cacerolazo. Por el otro, en esquinas seleccionadas de la ciudad de Buenos Aires y de las principales ciudades bonaerenses se concentran ‘ciudadanos indignados’ que hacen batir furiosamente sus cacerolas. Lo demás, lo harán los medios y los formadores de opinión”.
Se retruca a nuestro informante que un cacerolazo no implica la caída de un gobierno, a lo que, enigmático, nos responde: “No me pidan nombres. Hay gente muy grossa y profesional detrás de esto”. Y agrega, un poco más animadamente:Pero no todos son profesionales. A Duhalde y a Luis Barrionuevo se les fue la mano con sus declaraciones a los medios. Se fueron de mambo. Sobreactuaron, poniendo en duda su actuación. Una cosa fueron los trascendidos de su ‘bronca’ con De Narváez. Otra cosa fueron sus declaraciones a los medios, la tapa de Duhalde en Crítica. ¿Quién puede creerse semejante despliegue de quejas contra Francisco? Si cae el kirchnerismo, los ganadores dentro del peronismo serán Duhalde y Barrionuevo. ¿O te creés la de Reutemann?”.
Son aseveraciones plausibles en los objetivos y en el modus operandi de los conjurados. Al fin y al cabo, los dichos del sindicalista gastronómico recuerdan a su “si dejamos de robar por dos años este país se salva”. Alguien “de adentro”, ya “amortizado” y a prueba de escándalo no puede más que decir, en el plano de sus peculiares “saberes”, la “verdad y sólo la verdad”. Barrionuevo puede “fiscalizar” elecciones, lo que también implica que conoce muy bien cómo se hacen los “fraudes electorales”. Y tampoco es ajeno a “operaciones” desestabilizadoras de relevancia:
se recordará la versión publicada en Ámbito Financiero -y nunca desmentida por el sindicalista- que consignó su participación clave en la caída de Adolfo Rodríguez Saá, en su breve paso por la presidencia, en ese verano caliente de 2001. Gastronómicos a las órdenes de Barrionuevo propinaron un cacerolazo estridente al puntano, durante su refugio en la residencia de Chapadmalal. Rodríguez Saá entró en pánico en medio de ese microclima “destituyente” y voló a su San Luis, para despachar desde su sancta santorum su renuncia indeclinable.
Hoy, como entonces, rumores que van y vienen, “operaciones” a diestra y siniestra, encuestas que hablan de una elección cerrada. Un clima sumamente crispado, evidencia incontrastable de que en estas elecciones se ha puesto en juego, ni más ni menos, que el poder político en la Argentina. Todo vale, de un lado y del otro. Pero que todo valga, no significa que todo sea posible, en el supuesto caso de ser querido.
Por lo menos, suena muy extraña la posibilidad de fraude en la provincia de Buenos Aires. Primero, porque es muy difícil la ausencia masiva de fiscales, ya que de resultar alguna mesa no cubierta por los representantes de Unión-PRO, estarán los radicales y seguramente alguna fuerza de izquierda o vecinal. Es inimaginable una mesa bonaerense compuesta solamente por fiscales kirchneristas y con autoridades cómplices.
Segundo, porque uno o dos puntos en el porcentaje de electores, que serían supuestamente suficientes para hacer un fraude exitoso, representan miles y miles de ciudadanos bonaerenses.
Tercero, la presencia de los medios que saldrán a buscar el escándalo.
Nadie niega que las técnicas conocidas para hacer trampa puedan ser efectivas en algún pueblo perdido del noroeste del país, pero no para decidir el resultado en las elecciones bonaerenses.
Pero los argumentos pesan poco cuando el aire está cargado de conspiraciones. Simples coincidencias, felices o infelices, intencionales o fatales, disparan así un cúmulo de interpretaciones aviesas, amalgamándose con otras interpretaciones y trascendidos, multiplicándose las versiones, como flashes en un enceguecedor laberinto de espejos. Eduardo Van der Kooy, desde su columna de Clarín, informa de una versión acerca del adelantamiento de las elecciones presidenciales, que el kirchnerismo “podría efectuar” en caso de una derrota en territorio bonaerense. Tuny Kollman, desde la edición de Página /12 del jueves 18, nos devela, con toda lógica, lo que ese adelantamiento implica: o la renuncia del vicepresidente Julio Cobos, o bien su contracara: que Cobos se haga cargo de la presidencia.
A las versiones sobre un Plan cacerola que se han consignado en esta columna se les sobreimprime naturalmente la foto de Francisco de Narváez con Julio Cobos de la semana pasada, y los pedidos de Elisa Carrió para que el vicepresidente se digne apoyar a los candidatos de la lista del Acuerdo Cívico y Social, del cual él es parte (al menos por carácter transitivo, ya que cuando deje de ser vicepresidente pasará nuevamente a ser afiliado de la UCR, partido que integra el Acuerdo).
Un cúmulo de operaciones, en suma, que amenaza con distorsionar y deslegitimar el núcleo duro sobre el que se asienta la escueta democracia argentina: a pesar de la debilidad de los partidos, a pesar de la fragilidad de sus reglas y controles institucionales, nunca se puso en duda el resultado de nuestras elecciones. Hoy, todo converge para que ese último baluarte de la credibilidad ciudadana pueda quedar vulnerado en lo que se exhibe pornográficamente como una lucha sin límites por el poder.

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Entre estos tipos y yo hay algo personal